El clientelismo o la “prostitución” de la política

El “clientelismo” es tan antiguo como la política misma y en gran medida la ha nutrido. Muchas de las lealtades partidarias que conocemos hoy se fundan en esa relación entre el que da dinero, privilegios u otras prebendas y aquellos que, en necesidad, las reciben y, a cambio, son sumisos a su benefactor.

Otros se adhieren al líder por simpatía con sus principios, sus ideales, sus proyectos o alguna otra razón de fuerza mayor. Son los pocos.

Los más son aquellos que, sin haber tenido una relación directa de favor y apoyo a cambio, buscan en las fuentes dadivosas de los partidos políticos la mano amiga que les provea satisfacción a sus necesidades.

Por eso es que cuando un partido llega al poder, los primeros que reclaman “lo mío” son aquellos que sienten que han cumplido con un deber de solidaridad y de adhesión a la causa política y que por tanto merecen un premio, en forma de empleo-botella, contratos de obras, posiciones de cierta relevancia o lo que sea que emane de las arcas del Estado.

En las campañas electorales el dinero es un factor de primera importancia para encontrar clientes. Más en esta época en que por el alto desempleo, las escasas oportunidades de trabajar o la incapacidad intelectual, son muchos los que entienden que solo por la vía del “clientelismo político” pueden cambiar y mejorar su suerte.

En la medida en que las adhesiones políticas o ideológicas se logran por el efecto del dinero o de las prebendas, en esa medida se debilita y se desnaturaliza el sistema partidario, que va quedando así huérfano de valores y motivaciones para conquistar adeptos a una causa de elevado interés para la sociedad, salvo que no sea bajo el método de la llamada “compra de conciencia” o de lealtad.

En la pasada campaña electoral dominicana esta realidad se puso de manifiesto. Un candidato presidencial llegó a una comarca a verificar los daños que había provocado una tormenta, y los residentes le dieron la espalda cuando vieron que aquel había llegado con las manos vacías, simplemente como un observador de las situación y no como un dispensador de abundantes bienes, ayudas y dinero para los damnificados.

El clientelismo ha pasado a ser una práctica consumada de la política, a juzgar por la forma en que muchos líderes promueven esta forma de ganar adeptos, aunque en público la condenen y la satanicen. En los hechos, todos aquellos que la han criticado el llamado “clientelismo” en alguna forma lo prohijaron, desde dentro o fuera del poder.

El clientelismo es tan antiguo como la prostitución y, en ambos casos, sus dinámicas son las mismas.

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