Tumbándole el pulso a los gobiernos

El paro de mas de tres días de 60 mil camioneros chilenos fue suficiente para obligar al gobierno de la presidenta Bachelet a comprometerse a una reducción de los impuestos que se cobran en Chile a los combustibles.

La demostración de fuerza de los camioneros derivó en un rápido y preocupante desabastecimiento de productos y el mercado rápidamente reflejó la crisis en una violenta escalada de precios ante la escasez.

Con la misma cadencia han actuado los transportistas de mercancías y pasajeros en otras partes del mundo, abrumados por los progresivos aumentos en el barril del petroleo y sus consiguientes reflejos de alzas en los combustibles.

Los gobiernos han sido interpelados para que enfrenten la situación a través de dos vías: o reduciendo los impuestos a los combustibles o congelando las tarifas existentes y, a la vez, suministrando subsidios especiales para que los pasajes de transporte público no resulten impagables para la mayoría de los usuarios.

En Francia, el Presidente Sarkosy trata de que la Unión Europea se plantee una congelación del Impuesto al Valor Agregado, como una forma de absorber las nuevas alzas sin necesidad de elevar automáticamente los impuestos a los carburantes.

En España, miles de camioneros se lanzan esta semana a una paralización para forzar al gobierno a tomar medidas semejantes a las de Chile, creando así una perspectiva de crisis aguda en los abastecimientos y, en alguna medida, en la transportación de pasajeros.

Como se puede apreciar, los gobiernos del mundo se encuentran de repente frente a una oleada de presiones del sector transporte -que abarca también el aeronáutico- que de seguro los obligará a disponer medidas flexibles, que implican sacrificio fiscal, para evitar que las consecuencias de las parálisis impacten en la estabilidad social y económica de sus pueblos.

Este es apenas un ángulo del cuadro de crisis general que vive actualmente la humanidad al combinarse, en un momento dado, tantos fenómenos difíciles, la crisis y las alzas de los alimentos, por un lado; la del petroleo, por el otro, y finalmente la financiera, que ha tenido un impacto global desde que explotó la burbuja hipotecaria de los Estados Unidos.

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