Recordando a Napoleón Leroux

Mi primer servicio, como reportero del Listín Diario, hará ya cuarenta años, lo hice acompañado de Napoleón Leroux, para entonces uno de los más afamados reporteros gráficos de la prensa dominicana.

Sentía que estaba a su misma estatura. Me parecía un enorme privilegio inaugurar mi carrera periodística acompañado de esa figura, que el público conocía más que a mí, desde luego.

Desde el primer momento hizo un compromiso cariñoso conmigo: “Te voy a enseñar cómo debe manejarse un reportero, para que no falles y puedas triunfar”.

Y desde entonces, la mayor parte de mis coberturas periodísticas fue con él.

Ahora que ha muerto, me vienen a la memoria tantas anécdotas graciosas suyas.

Una vez quiso ser más audaz y buscar la mejor perspectiva para una foto, justo en un momento calmo durante un ciclón. Se encaramó nada más y nada menos que en el rompeolas del malecón, tratando de llegar hasta la punta. El choque de fuertes olas que se elevaban altísimo lo derribó, cayendo un poco más abajo del paseo y los bomberos tuvieron que rescatarlo. Salvó su vida de milagro.

Leroux siempre tomaba las cosas de buen humor. No le temía a los riesgos y era un trabajador consecuente. Le gustaba saborear los peligros que entrañaban los tiroteos de entonces, las catástrofes de la naturaleza, los mítines y las marchas universitarias disueltas a bombazos, esmerándose en captar las mejores fotos. Lo único que pedía luego, a los redactores, era que “no me le quiten la firma” a las fotos.

Pese a que era mas mayor de edad que los demás reporteros nóveles que lo acompañaban en las coberturas, su proceder y sus “ocurrencias” eran de muchachos.

Una vez decidimos aprender karate tae kwon do y fuimos a la escuela. Tras dominar el arte de las patadas de frente, de lado y de espaldas para romper tablas, se desvivía por demostrar a otros sus nuevas habilidades. Puso a un tío, o no recuerdo si a su propio suegro, como modelo para una exhibición o simulacro y terminó rompiéndole el brazo de una patada.

Otra vez, en medio de la conmoción causada por el secuestro de un jóven de familia rica, sorprendió a todos los amigos del plagiado diciéndoles que si hubiese sido a él no lo atrapan tan fácil y a seguidas alabó las destrezas que podía hacer con su carro. Invitó a los jóvenes, casi todos con autos deportivos modernos, a ver una rápida demostración. Cuando salieron a la calle, solo se escuchó una carcajada. Los amigos del secuestrado no podían contenerse al observar que el carro de Leroux era un desvencijado Opel verde que apenas podía moverse por la ciudad.

De hecho, el carrito Opel no pudo pasar del Centro de los Héroes una vez que el Listín Diario organizó un rally de vehículos hacia el Sur del pais.

En otro momento, estando en Managua, la destruida capital de Nicaragua, cubriendo las incidencias a raiz del terremoto, fuimos al “bunker” del general Anastasio Somoza. Allí estaba celebrándose una reunión del comité de emergencia nacional, encabezada por la primera dama, Hope Portocarrero de Somoza. Los ministros discutían si reconstruir la ciudad o trasladarla a otro lugar.

“La ciudad tiene que reconstruirse aquí, no en otro sitio, porque aquí están las calles, las tuberías y las redes de la electricidad”, dijo Leroux metiéndose en la discusión sin que nadie se lo pidiera. Todas las miradas cayeron sobre él, ´sin saber quién era ni de dónde venía. Hacer esto en medio de una dictadura era un tremendo riesgo. Suerte que el embajador dominicano José Angel Savinón intervino y nos sacó a los dos de la reunión, recriminándole a Leroux esa osadía.

Pero Leroux tenía la razón. Y Managua se reconstruyó donde mismo está.

Estando en Santo Domingo, en una recepción que el gobernador del Banco Central, Diógenes Fernández, ofrecía al vicepresidente del Fondo Monetario Internacional, se hizo un círculo de prestigiosos economistas alrededor del invitado. Yo estaba escuchando cuando se me acercó Leroux para decirme que había terminado de tomar fotos al resto de los invitados. Le pedí que le hiciera fotos al invitado especial y al gobernador. Así lo hizo, pero se quedó en el círculo.

El vicepresidente del FMI estaba analizando la situación económica del pais, con ciertas críticas, y de repente intervino Leroux para refutarle sus conceptos. Todo el mundo quedó boquiabierto. ?Y quién es este para hablar de economía y enmendarle la plana al vicepresidente del FMI?. Fue a mi a quien me tocó llevarmelo de la recepción y retornar al periódico, también reprochándole su intromisión.

Pero Leroux sabía tomar las quejas y críticas con calma. Era, ante todo, servicial, humilde y buen compañero. Le agradezco todo cuanto hizo para “enseñarme” algunas estrategias del reporterismo y todas las ocurrencias de que disfruté a su lado, que fueron muchas y que no caben en este espacio.

Paz a sus restos.

Foto: Listín Diario

Una respuesta a Recordando a Napoleón Leroux

  1. Siempre lo he escuchado contar anécdotas de este tipo, incluso algunas de las que aquí relata… Me parece que sería interesante si pudiera escribir ese tipo de historias más a menudo, y quién sabe, hasta recopilarlas después, porque tras esa jocosidad se esconden experiencias formidables y una fuente interesantísima del “inside stuff” del periodismo criollo. Estoy seguro que en su arsenal deben haber docenas de anécdotas sobre: redacción de noticias, coberturas de fuentes, edición de noticias, titulación, censura, autocensura, presiones (públicas y privadas) y hasta de la bohemia de antaño.

    Saludos,

    Raúl

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