El “tsunami silencioso”

Con esta descripción tan certera como lúgubre ha descrito la directora del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas la actual crisis en los abastecimientos y precios altos de los productos de más consumo en el planeta.

La situación es de tal magnitud que tanto en Londres como en Caracas o Nicaragua están concurriendo en estos momentos los expertos y algunos gobernantes para buscar una rápida respuesta a la crisis.

Una combinación de factores -el alza petrolera, los fletes, el cambio climático y una merma en la producción mundial- han creado las condiciones para que el mundo se exponga a un “tsunami silencioso”, vale decir, a una hambruna que haga sucumbir aun más en la miseria a millones de pobres y que convierta de la noche a la mañana en seres carenciados a más de cien millones de ciudadanos a todo lo largo y ancho del globo.

Inclusive, el mismo Programa Mundial de Alimentos, que ha constituido una piedra de salvación en regiones remotas afectadas por las sequías o por las guerras, corre el riesgo de perder eficacia al no poder acumular ni sostener financieramente la adquisición de materias primas, granos y productos naturales que sirven para la nutrición humana.

Ese “tsunami silencioso” resultaría peor que las inútiles confrontaciones bélicas intestinas o promovidas por coaliciones armadas en uno o más países porque empujaría a las grandes masas desesperadas a procurar alimentos, aunque sea al costo de echar abajo las estructuras políticas y económicas injustas que en cierta medida han descuidado este vital aspecto de la atención de las necesidades primarias del ser humano.

Extraordinarias inversiones en armamentos, en investigaciones con fines militares o en el patrocinio de esquemas políticos que solo sirven a los poderes hegemónicos del mundo, abochornan a una humanidad que lucha por sobrevivir a los efectos de la contaminación, la manipulación de la naturaleza, el cambio climático y otros factores, sin que los inmensos recursos generados por la riqueza mundial hayan tenido un impacto favorable en el cuadro de vida y de pobreza que hoy tenemos.

La crisis actual, que parece inmanejable, ha llegado prácticamente de repente y ahora todo el mundo está asustado. Ojalá que el fantasma de la hambruna y de la desestabilizción sea un acicate tempranero para dar un vuelco al esquema y obligar a los poderosos a rediseñar sus políticas sociales y económicas, con el fin de destinar mayores recursos a la producción, eliminar cargas gravosas fiscales y arancelarias y proteger a la tierra de los tantos desmanes que el hombre provoca a diario, en su propio perjuicio.

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