Haití, de nuevo en la encrucijada


Foto: AFP

Haití ha caido de nuevo en un torbellino de violencia, esta vez como consecuencia de las alzas y la escasez de los alimentos de primera necesidad.

Es un grito desesperado el que sale de las multitudes hambrientas que se han dedicado a saquear y a provocar enfrentamientos violentos con las fuerzas de seguridad del Gobierno y de la ONU, que ocupan ese pais en un pretendido esfuerzo por meterlo en el redil de la democracia.

La experiencia de la ocupación militar demuestra que la democracia no puede implantarse en una sociedad en la que el 70 porciento de sus habitantes subsisten en la mas extrema pobreza con toda su secuela de vulnerabilidades en la educación, la salubridad y la nutrición.

No hay maneras, en tal contexto, de organizar una sociedad para que produzca los bienes y servicios suficientes que la ayudarían a salir a flote de la situación de precariedades, ni mucho menos para crear una conciencia colectiva sobre los valores de la libertad, la paz, la disidencia civilizada y la institucionalidad.

Es un pais que lidia con la calamidad dia a día y, para colmo, no encuentra solidaridad ni asistencia permanente ni abundante en la comunidad internacional, que solo se ocupa de poner de relieve sus enormes carencias y sus bochornosos índices de insalubridad, analfabetismo e irrespeto de los derechos humanos.

En el tablero de las necesidades y urgencias de Haití hay muchas fichas que deben moverse al mismo tiempo, porque ya no hay tiempo para mas ficciones ni para mas promesas ni para mas demagogia política.

Los brotes de violencia que han marcado la vida de Haití en las últimas semanas tienen intrinsecamente una fuerza poderosísima, la fuerza de la desesperación de los pobres, que no se contiene ni se mitiga con promesas sino con una decidida acción del gobierno y la comunidad para hacer un esfuerzo extraordinario en favor de la producción y del establecimiento de un orden más justo y equitativo.

De allí sale un aviso al resto de las naciones en las que también persiste pobreza casi generalizada, en las que millones de seres humanos ven pasar el tiempo sin ninguna mejoría en su condición de limitados, mientras los gobiernos se implantan y se sostienen en la corrupción y se hacen incapaces para dar las respuestas necesarias a las angustias de sus pobres.

Ojalá que los que tienen inteligencia y capacidad para dirigir estas sociedades sepan colocar sus oidos en la tierra, para que puedan percibir temprano los sonidos sísmicos de esta rebelión del hambre y la desesperanza, antes de que sea demasiado tarde para sus endebles estructuras democráticas y para su propio orden social, económico y político.

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