Al mundo nadie lo calla

Un sondeo de The Economist, publicado en abril del 2007, calculó que en el mundo operan unos 2.8 billones de teléfonos celulares con capacidad para trasmitir, correos, fotos y vídeos por internet al mundo entero.

El número de aparatos crece a razón de 1.6 millones de teléfonos por día y, en consecuencia, es mayor el universo de usuarios que apela a ese instrumento para comunicarse.

Y puede decirse que en esa misma proporción, o más aún, crecen en la Web los sitios de chateos o conversaciones entre dos o mas personas, los “blogs” o espacios de reflexión y de intercambios, los canales de vídeos y de fotos, que producen un torrente de información y datos como nunca antes tenía a su alcance el ser humano.

Todas estas herramientas han ido cambiando sensitivamente el escenario en que se ejerce el periodismo, dando a la prensa unos poderes mayores para reunir, depurar y trasmitir noticias que sus propios reporteros no alcanzan a cubrir.

De hecho, estos espacios de la Web se han convertido en fuentes predilectas para obtener información, seguir tendencias de casos, acceder a fotos y vídeos que otros colocan en los sitios más populares y que, en determinados casos, resultan ser los únicos que poseen tales imágenes.

La ejecución de Saddam pudo ser observada en vídeo y fotos gracias al uso de un teléfono celular. Y lo mismo ha ocurrido con imágenes que sólo pudieron ser captadas por algún testigo accidental, no por ningún reportero, pero que por la facilidad de retransmitirla al internet se hace de dominio y fácil acceso para millones de personas.

Todo este conjunto de facilidades que ofrece la modernidad nos da una idea de lo inconmensurable que se ha convertido el espacio para la libertad de expresión del ser humano, lo que constituye la mejor garantía contra la censura o las restricciones que a menudo se ejercen contra la prensa.

Ya no seria suficiente con acallar o restringir la labor esencialmente informativa de los medios, porque fuera de ellos, pero en estrecha y en indoblegable conexión, están los innumerables canales del internet como prodigiosos auxiliares para difundir al mundo todo cuanto se le ocurra al que opera un teléfono celular, una computadora o cualquier otro aparato que reuna las funciones de captar y trasmitir voz, data e imagen, sin odiosas y ominosas interferencias.

No hay dudas de que vivimos en la etapa de mayor esplendor para la libertad de expresión en este planeta. Y luce muy difícil que pueda ocurrir algo que la ensombrezca o la disminuya.

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