La mortandad en los lechos secos

La gran mortandad que ha marcado las tragedias más importantes en nuestro país se ha producido, coincidencialmente, en los lechos de ríos secos.

La Mesopotamia, el río Soleil y ahora El Duey son patéticos ejemplos. Tras tormentas o ciclones, los grandes aluviones causaron en ellos incontables muertes no sólo de humanos sino de animales, así como total destrucción de viviendas y cultivos.

Esas experiencias deberían servir para acometer con determinación la tarea de impedir asentamientos humanos en los lechos secos y en aquellos lugares cercanos a represas o a caudalosos ríos.

De ahí que luzca una apropiada respuesta del Gobierno la decisión anunciada por el Presidente Leonel Fernández de prohibir la edificación de nuevas viviendas o el surgimiento de nuevos poblados en las riberas de ríos con agua o en lechos secos de alta vulnerabilidad. Balaguer tomó una medida de este tipo tras el desalojo de La Ciénega y los bordes de los ríos Ozama e Isabela, pero los gobiernos posteriores ignoraron esta precaución.

Como un fatídico resultado, se formaron en ellas abigarradas comunidades de personas pobres que siempre han estado expuestas a las amenazas de los desbordamientos o derrumbes y por eso, a cada fenómeno meteorológico, suceden las dolorosas escenas de destrucción y muerte con todas sus desagradables consecuencias.

Es hora ya de tomar en serio este peligro y no permitir que las riberas de nuestros ríos o los lechos secos vuelvan a convertirse en nuevos grandes cementerios.

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